Escribo esto justo debajo de una carta de
presentación. Es increíble la cantidad de gilipolleces que hay que hacer hoy
día, para que al menos se dignen a abrir
tu curriculum. Me imagino a los empresarios o a quien tengan para que lo
haga por ellos, mandando a la papelera de reciclaje miles de documentos
adjuntos de jóvenes promesas de futuro incierto. Me consuelo pensando, que al
menos no tienen la satisfacción de romper el folio a mano.
Estaba redactando una carta de recomendación, otra
de tantas, imitando ser personal y elogiando a una empresa que ni admiro y ni
me interesa. Me estaba dando cuenta de las falacias que escribía, y de cómo un
acto tan liberador, hoy día (y siempre) se prostituye de una
forma tan evidente. Nunca las palabras trasladaron tanta mentira.
Hubo una época en la que escribir para mí era
liberador. Y escribía cosas, que aun con el tiempo, pasan la prueba de la vergüenza.
Si, esa vergüenza “ajena” pues con los años ya no te consideras el mismo que escribió
aquello y ya eres capaz de juzgar. Yo era de las que escribía para mí, y pocos
han podido leer lo que hacía. Un acto que creía muy “mío” tan personal, como
dejar que alguien me viera en bragas.
El problema
es que para escribir tengo que estar en
dos modos, muy antagónicos entre sí, y que sin embargo son la fórmula perfecta
para que me digne a abrir un documento Word. Uno es estar jodida. La mayoría de
las cosas que he escrito en mi vida y que para mí siguen teniendo calidad, las
hice en un momento de tal tristeza, que no sabía como expulsar de mí todo lo
contenido. Y se nota. Son textos que sin ser precisamente escritos con sangre,
demuestran que me dejo llevar más por desesperación de desahogo, que por hacer
algo digno. Pero en la tristeza también hay dignidad. Me atrevía hasta con la poesía,
no sé si bien o mal, y ahora sin embargo me da tanto respeto, que no lo quiero
ni pensar.
El otro modo para poder escribir no está relacionado con estar feliz. Eso de la felicidad, aunque años después
de descubrir que los reyes son los
padres, ya lo doy por cuento. No, mi otro ánimo para escribir es estar
emocionada. Puede ser del tema más tonto, pero escribir sobre algo que me
emociona crea en mi, ya no solo una inspiración inmediata, sino que consigo
ideas que me llevan a desvelarme y apuntar corriendo todo lo que surge. Escribo
más concienzuda, con más responsabilidad, para dejar todo dicho, y que quede
claro, sin margen al equívoco. No es un desahogo, pero alienta tanto, que
cualquier asunto de poco calibre, si me emociona en algún sentido, toma grandes
dimensiones.
Con esto, tomo como conclusión que soy una persona apasionada.
La pasión está bien, y que pena quien no la haya sentido, al menos por algo
alguna vez. Pero es devastadora, y te deja con todo o sin nada. Creo que ahora
no me acompaña, y aunque a veces reniego de lo que me ha hecho hacer (o he
hecho bajo su excusa) hoy día creo que no queda ni un poso de ella en mí.
Ahora mismo ni estoy triste ni estoy emocionada. No
escribo para desahogarme, ni para emocionarme. Escribo para mí, a modo de post-it mental, que no olvide que escribir es una de las cosas
que más me ha ordenado la vida. Que siempre lo he querido, pero que en los últimos
tiempos lo he tratado como un amante al
que utilizas. Solo lo he llamado para desahogarme o expresarle mi alegría por
algo.
Típico de mí dar vida y pensamiento a algo que no lo tiene, pero
supongo que es la forma en la que empatizo con nimiedades. Yo solía escribir porque
me gustaba, y ahora supongo que no lo hago…porque no sé si me gusta.
Y no solo escribir. Creo que haber tenido las ideas
claras toda mi vida me ha servido de mucho…y ahora, que de repente un muro se
ha puesto delante de mi…no sé muy bien qué coño quiero hacer.
No me gusta estar perdida, no me gusta no estar
emocionada, y no me gusta nada no estar
ni tan siquiera triste por ello. No quiero pronunciar conformismo…y sin embargo
ahora creo que es lo que mejor me define.
¿Por qué escribes esto ahora Loli?
Me dijeron que hay que echarle cojones a la vida, y
ahora mismo…creo que me han castrado.