Cuantas cosas me han pasado este 2014. Puede que en algunos
aspectos mi vida sigan siendo igual, pero en otros, 2014 ha significado un
renacer en muchos sentidos. Y si hay algo que ha marcado este año, sin duda han
sido mis 6 días en Barcelona.
Me vais a permitir que me ponga algo sentimental. A veces la
vida parece conspirar para jodernos cada paso que damos, y otras, te da un
merecido respiro.
Barcelona surgió de la forma más inesperada y con una
organización pésima. No nos pensamos mucho cuando ir, las circunstancias o el
dinero. Era un “y ¿Por qué no?” un capricho que nos permitíamos sin más motivos
que el de querer ir. El típico viaje con
todas las papeletas para que saliera mal.
Como olvidar los nervios previos, la mala hostia ante los
cambios inesperados o que Juanfra en último momento viniera.
Nunca se me borrará de la mente el despegue del avión. Volábamos
sobre los plásticos almerienses, y aunque sé que es de las mayores tonterías que
he sentido en mi vida, la Loli de los meses atrás se quedaba en tierra. La Loli
con ganas de vivir (sentida y profunda como la que escribe ahora) se emocionaba,
no mirando la tierra, sino recreándose en las nubes.
Como olvidar ese primer día en Barcelona. Direcciones a las
que no sabíamos llegar, un hostal llevado por una rusa que parecía que nos
odiaba y un desayuno perenne en el “Bed
& Breakfast”.
Barcelona nos daba la bienvenida invitándonos a que la descubriéramos. Sus aceras en forma de
caparazón de tortuga, sus farolas o sus cuadras cuando nos asomábamos desde
cualquier azotea. Gaudí está presente y no solo por la majestuosa Sagrada
Familia.
Llegó el turismo y vimos La Pedrera, Paseo de Gracia y la
casa Batlló. Nunca una pelea tuvo un lugar tan insigne.
Hay tantas cosas que no quiero olvidar.
Como la noche de la desinfección, ya no puedo oler a
amoníaco sin cierto temor de que una rusa me degolle y sin una sonrisa en mis
labios.
El Barrio Gótico, las banderas de Cataluya a cada paso, los
barrios alternativos de Tania, El síndrome
de Stendhal al entrar en la Catedral del Mar.
Pagar por todo, hasta por cagar en una Iglesia. Comer en
Mcdonals y derivados, comprarnos un smothie en el mercado de la Boquería y hacernos
un selfie muy salado.
Viajar en metro, y volver al sitio de dónde veníamos, o el “jolines
con las escaleras” de una cansada Elena.
Subir siguiendo un funicular que solo bajaba. Terminar por
unas dulces indicaciones en un escampado con vagabundos. Subir y subir hasta
MontJuic para descubrir que el metro nos podía haber dejado allí. Rodear un
castillo, sin saber muy porque lo hicimos. Bajar por la montaña atravesando,
con el riesgo de que las arañas nos hicieran zancadillas.
Llegar a la fundación Miró, y pensar que Juanfra twiteaba
desde el baño. Hacernos la foto de rigor con la mecha olímpica, y ver la única escultura
decente de Calatrava. Terminar con el mayor dolor de pies, mientras
vemos la fuente mágica, flipados en parte por el espectáculo y por tanto cansancio.
Visitar el Parc Güell y descubrir que hasta hace dos meses
no eran tan ladrones en Barcelona. Ir oliendo a café durante todo el día
gracias a Juanfra. Que Tania nos acogiera, y que su compañero de piso nos
hablara en calzoncillo hueveros (un trauma terrible). Terminar el día envenenados
por las peores copas de este mundo, y vivir puro surrealismo en un pub llamado
Arena. La Nuit Del Foc, que a pesar de las copas de más, queda a fuego en
nuestra mente. Besos, risas, peleas con murcianos, proteger un gorro…el cual
acabo liberado y allá seguirá de aventuras.
La hospitalidad de Tania y su comida antes de dormir. Comer
en un KFC, y que en pleno pedido te suba de nuevo el alcohol. 37 euros en pollo
que no nos pudimos comer, entre resaca y risas varias.
Ir al museo egipcio, y con la excusa de descansar, repasar
nuestro viaje ante tres estatuas que nos recordaban a amigos, durante más de
una hora.
Comer en un vasco donde el camarero me pilló manía por ser
del Madrid. Ver a los imbéciles del Madrid en el Canaletas, y que los ratones
de Plaza Cataluña nos invadieran.
Llegar al último día, cansados y con un dolor de pies
crónico. Que Tania nos llevara a un sitio donde nada más subir decía “Tourist
go home”. Entre jadeos y agotamiento, el Tibidabo a nuestras espaldas y ante
nosotros el cielo, el mar y la tierra de
Barcelona.
Allí sentada sentí que nos habíamos comido Barcelona. La habíamos
disfrutado, sufrido, agotado y vivido plenamente. Mi corazón se desinfló y dejó
un gran peso. Comprendí que viajar es vivir.
Terminamos nuestro viaje al fin, con el olor a mar que tanto
anhelábamos en la Barceloneta. No sé porque estaba tan obsesionada con eso, quizá porque en el
fondo, y aunque renegamos mucho de ella, en Almería el olor a mar se nota
siempre.
Nos despedimos de quienes nos acompañaron y nos acogieron.
Yo me quedo especialmente con un perdón en el vagón del metro.
Barcelona llovía justo cuando embarcábamos hacia nuestro
regreso, yo dije que quizás estaba triste porque nos íbamos. Veíamos los
carteles de Sortida…pero yo solo pensaba en la próxima vez que nos diera la
bienvenida.
Teníamos todas las papeletas para que fuera el peor viaje de
nuestra vida, y se convirtió en nuestra pequeña aventura particular.
Puede que suene como un viaje loco de tres veinteañeros,
pero creo que nos llevamos de ello algo más que una simple bolita de nieve de la Sagrada
Familia. A veces no hay que pensar tanto las cosas, ser egoísta y hacer lo que
se quiere. Soltarse y vivir una noche que más de uno quisiera por falta de valor.
Quitarse penas y preocupaciones varias. Vivir a fin de cuentas, y disfrutar de
las pocas ocasiones en que la vida se muestra como nos gustaría que fuera.
Por eso, nunca
olvidaré mis 6 días en Barcelona.
*Este texto está dedicado y plenamente dirigido a Elen y a
Juanfra. Nada hubiera sido igual sin ellos. Barcelona en mi corazón siempre estará
asociada a vosotros. Espero muchos viajes más y vivirlos junto a vosotros.
